lunes, 20 de septiembre de 2010

Historias de la cárcel.

Como les dije la última vez, este fin de semana me fui de retiro y vine renovado. Sienta genial estar rodeado de montañas, de silencio, de nada... y tener unos días para la reflexión y evaluación de lo que estoy haciendo en Ayacucho. 

Puede parecer que la cosa es muy simple y estar de voluntario es como ir por el país de las maravillas, pero hay momentos difíciles y duros. Es un proceso muy complejo y uno tiene que aprender a interiorizar todas las vivencias, los momentos, las personas... Me suele pasar, que en muchas ocasiones, no soy consciente de que estoy en Perú haciendo un voluntariado, sino que me dejo llevar por el paso de los días sin aprovechar lo que se me va ofreciendo. Hasta que llegan estos momentos y valoro todo lo que se me da, lo afortunado que soy de estar aquí y de vivir una experiencia tan especial. Por ese motivo me han venido muy bien estos días de reflexión, para evaluar lo que he hecho durante el año que pasó y para fijarme nuevos objetivos...como le leí a una persona muy querida...porque entre tanto caminar se nos olvida lo más importante que es vivir... Pues me he acordado de vivir, de seguir soñando despierto y de romper utopías.

Por otro lado les quería contar una de las visitas más interesante que he tenido estando en Ayacucho.
La semana pasada fuimos a la cárcel, sí, pero por voluntad propia. Como saben, me encargo del área de procuración de fondos en el Centro Loyola, y lo que hice últimamente fue la compra de artesanía. Entonces me dice Carmen, la directora de mi centro, que en la cárcel elaboran los presos, o internos, como querían que los llamáramos, artesanía ayacuchana. 

El viernes por la mañana estuvimos en la puerta, y lo primero que asombra es la cifra de presos, 1.700 presos  donde deberían haber 700, así que imagínense esas habitaciones, un cuarto para 4 duermen 12...sin comentarios.
Para entrar te revisan y te ponen varios sellos...esto comienza a parecerse a las películas, pero uno luego ve que no tiene nada que ver.

Cuando por fin entramos vemos que es como una pequeña ciudad, restaurantes en cada esquina, tiendas...y todo lo que se puedan imaginar. Paseábamos junto a los presos como quien va por la calle, eso sí, siempre con silbiditos y con las frases de "gringuito ven pa' acá"... al principio daba un poco de miedo pues ves a los presos con cuchillos en la mano, destornilladores, es decir, que nada de prohibido tener objetos punzantes ni nada de eso...

Lo que más nos impresionó es cuando llegamos a la zona de bordado de las mantas. Hay más de 1000 presos trabajando en la elaboración de la manta ayacuchana. Unos trenzas los hilos, otros hacen los bordes, otros la tejen... El encargado nos contó que los ingresos que tienen es para sacar adelante a sus familias, pero sacan muy poco. Es la prisión de Perú donde hay más número de presos trabajando. Y no sólo hay taller de bordado, hay de carpintería, de piedra, de zapatería... 

Es muy extraña la sensación de estar allí y hablar con los presos, todos parecen inocentes y te hablan de una forma... 

En resumen tengo que decir que me impresionó mucho todo el trabajo que realizan, el trabajo de 10 horas que emplean cada día para en 3 días tener terminada una manta que venderán a 40 soles (poco más de 10 euros). Sólo les separa un muro de la libertad , pero es tan difícil pasarlo. Lo peor es que te enteras de que hay personas encerradas por pequeños robos y los que en verdad deben estar adentro, están en sus despachos robando... 

A colación de todo lo anterior, para quien no lo sepa, el gobierno peruano ha elaborado un decreto por el que libera de culpas a militares que cometieron crímenes hace muchos años...por lo que viene a dar libertad o  a quitar toda culpa a esos miles de militares y políticos asesinos de la época de la guerra civil...sin palabras...

Como regalo dos fotos, una de nuestros brazos y otra de los presos bordando.

Todos buscamos algo en la vida, yo ya lo encontré y es muy especial.